IRAN: ¿NEGOCIAR QUÉ?

    En su análisis de la coyuntura mundial contemporánea, Fidel Castro asume como inevitable un ataque norteamericano-israelí a Irán en lo cual puede estar acertado. Lo que el experimentado estadista, parece haber detectado es una situación político-militar y de seguridad en la cual las partes han sobrepasado un punto de no retorno, que impide maniobrar y hace inviable a la diplomacia.

    Existen expertos o aficionados que dudan de esa posibilidad a partir de considerar la actual situación militar de Estados Unidos, un país envuelto en una crisis económica y dos guerras grandes en las cuales está comprometido una parte de su potencial militar.

    A mi juicio ese punto de vista, en lo referido a Irán, es errado debido a que las operaciones concebidas por los militares estadounidenses se basan en el empleo del poder de fuego y la capacidad de la artillería y la cohetería de los buques, submarinos y aviones propios y de sus aliados para actuar a grandes distancias sin comprometer tropas ni realizar desembarcos, excepto para operaciones puntuales.

    Para un tipo de guerra así, Estados Unidos puede disponer de prácticamente todo su potencial aéreo y naval puesto que en Irak y Afganistán existe un status de ocupación, que si bien ancla importantes cantidades de tropas terrestres y alguna aviación táctica, no compromete a los buques y portaviones, no necesita de los bombarderos de gran radio de acción y no requiere el empleo de la cohetería estratégica y de mediano alcance.

    En términos operativos, excepto porque son conducidas por el Estado Mayor Central, las acciones de bombardeo — aéreo naval masivo y prolongado contra Irán no compiten con las de Irak y Afganistán. Otra cosa es el impacto político y sicológico que puede tener en el pueblo norteamericano y en la opinión internacional el hecho de que Estados Unidos se embarque en una operación militar de esa envergadura.

    Siete años después de que apareció la presunción norteamericana,  nunca probada ni confesada, de que Irán intentaba aprovechar su programa de uso civil de energía nuclear para encubrir esfuerzos militares, la diplomacia norteamericana y europea, así como la ONU y la capacidad de presionar de todos juntos, han llegado a un callejón sin salida.

    Después de decenas de reclamaciones al gobierno iraní, inspecciones “in situ”, reuniones de las autoridades nucleares iranias con expertos de la Organización Internacional de la Energía Atómica, acciones diplomáticas europea, rusa y china y explicaciones de los líderes políticos y religiosos persas que defienden su derecho a desarrollar la energía nuclear y consiguientemente a enriquecer el uranio con fines pacíficos y agotadas cuatro rondas de sanciones por la ONU, se ha llegado a una situación que parece terminal.

    Lo que Estados Unidos, la Unión Europa y el Consejo de Seguridad, incluidos Rusia y China exigen es que Irán renuncie a su programa de enriquecimiento de uranio y adquiera compromisos verificables.

    Por su parte, Irán sostiene su derecho a enriquecer uranio para producir combustible nuclear tanto para sus reactores de investigación como para sus plantas nucleares (en construcción) cosa permitida por el Tratado de No Proliferación y en la cual no está dispuesto a ceder. Las autoridades persas, incluso invocando a su fe, aseguran que no desean construir bombas atómicas.  

    Ante semejante debate es preciso aclarar que existen unos diez países con capacidades para refinar el uranio, la mitad de los cuales (Canadá, Australia, Alemania, Italia, España, Brasil y otros) no poseen bombas ni las quieren sin que nadie dude de su palabra. Tampoco, de haber en Irán un gobierno “certificado” por Estados Unidos habría conflicto alguno. De hecho Irán discute un derecho y Estados Unidos objeta por una sospecha.

    En el punto al que se ha llegado, para Irán detener su programa de enriquecimiento de uranio equivale a una claudicación ante el imperio; mientras para Estados Unidos que irán alcance la bomba significa el fin de su hegemonía en el Oriente Medio y para Israel el ocaso de una era de impunidad.

    Para solucionar el peligroso contencioso, al que Fidel Castro confiere perfiles globales, el presidente de Brasil, Luis Inacio Lula da Silva, el premier turco Recep Tayyip Erdogan y el líder iraní Mohamed Ahmadineyad alcanzaron un acuerdo que pareció una solución.

    En virtud del entendido, Irán depositaria en Turquía una tonelada y media de uranio levemente enriquecido, a la cual renunciaría en el momento en que, en el curso de un año, le fuera suministrado la cantidad de combustible nuclear suficiente para operar un reactor de investigaciones.

    En ese momento el problema se volvió básicamente cuantitativo debido a que occidente conoce (porque Irán lo ha informado a la OIEA o por vías de inteligencia) que el uranio depositado en Turquía representaría alrededor de la mitad de las existencias de uranio en poder de Teherán. De ahí en adelante el asunto se reducía a incluir más uranio o bajar el grado de enriquecimiento.

    En lugar de apoyar ese curso o, como mínimo poner a prueba a Teherán, Estados Unidos saboteó el acuerdo y poco menos que ridiculizó a Endorgan y Lula. El Consejo de Seguridad con la aquiescencia de Rusia y China que en lugar de asumir el entendido como una razón para dar oportunidades a la negociación, se plegaron a Estados Unidos.

    El resto de la historia es conocida: a las sanciones de la ONU que incluyen el registro de los buques que parten o intentan atracar en Irán se han sumado otras sanciones más duras aun de Norteamérica, la Unión Europa y  Canadá.

    Las sanciones comerciales impiden a Irán adquirir equipamiento para sus refinerías, no de uranio sino de petróleo y no le permiten ni comprar gasolina, lubricantes y otros derivados. En el ámbito financiero, al no habilitar al Estado persa para acceder a la banca occidental se obstaculizan las transacciones por ventas de petróleo pagadas en cuentas en bancos occidentales. Tampoco Irán puede desde allí realizar los pagos por sus importaciones.

    Por otra parte la resolución del Consejo de Seguridad que invocó el Capítulo VII de la Carta de la ONU que autoriza el uso de la fuerza, asumió el carácter de un ultimátum cuando dio a Irán un plazo a partir del cual sus buques y aviones serán detenidos, abordados y registrados.

    En semejante clima: ¿Cuál es el espacio para negociar?  ¿Cuál puede ser la agenda? y ¿Cuáles pueden ser los compromisos de las partes?

    Mientras un hombre amenaza con un revólver a un rehén, hay esperanzas para los negociadores, para el rehén, incluso para quien apunta. Una vez que se ha jalado el gatillo, nadie puede detener la bala. A eso llaman punto de no retorno.

     
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