Si alguien cree que a la fundación del Estado de Israel fue resultado de la filantropía británica o que Palestina fue una dadiva de la Sociedad de Naciones, están equivocados. Israel no fue un gesto de buena fe de los lores ingleses ni un acto de compasión hacia los judíos, sino el fruto visible de una conspiración de la burguesía antisemita europea para deshacerse de los hebreos.
La maniobra británica comenzó cuando Arthur James, conde de Balfour, primer ministro y ministro de relaciones exteriores de Gran Bretaña, elaboró la declaración que lleva su nombre mediante la cual Inglaterra se comprometió a facilitar la creación de un Estado judío en Palestina, proyecto que disfrutó del respaldo de la burguesía y la realeza antisemita europea que así, de un modo sutil e incruento, se liberarían de los judíos que por mil años, habían habitado en todos los países del Viejo Continente.
En la coyuntura de la Primera Guerra Mundial, en la cual se solaparon la derrota de Alemania, la desintegración de los imperios austro húngaro, otomano y ruso, que decretaron la pérdida de relevancia de Europa en la política mundial, modificaron el mapa político mundial y propiciaron el debut de los Estados Unidos, que aprovecharon el conflicto para vender armas y extraer el oro de Europa a la que luego derrotaron militarmente para establecer una inequívoca hegemonía sobre todo el mundo.
En tales circunstancias, los Estados Unidos bajo la presidencia de Woodrow Wilson estrenaban un nuevo estilo de ejercer el poder mundial basándose en el liderazgo acatado y no en la ocupación de territorios de ultramar que habían caracterizado cuatro siglos de colonialismo europeo.
Tanta importancia tenía la precisión de la nueva política que, una vez derrotados los Imperios Centrales, Wilson viajó a Europa donde permaneció seis meses, estableciendo un record de permanencia en el extranjero para un presidente norteamericano, en los cuales, asistido por Lloyd George, primer ministro inglés, el jefe del gobierno francés Georges Clemenceau y el canciller italiano Giorgio Sonnino, redactó personalmente el Tratado de Versalles de 1919, mediante el cual tuvo lugar el más importante reajuste territorial desde el descubrimiento de América.
Aquellas circunstancias favorecieron la entrega a Inglaterra, Francia e Italia de antiguas posiciones otomanas en el Medio Oriente y para la realización del proyecto enunciado por Balfour, ex profeso en 1922 la Sociedad de Naciones concedió a Gran Bretaña un "Mandato" sobre Palestina, la cual fue ocupada.
Aquel proyecto fue al encuentro de la prédica de la Organización Sionista Mundial y su líder Theodor Herzl, un socialista austriaco que tras la huella de los precursores, fracasados en el empeño por vencer el rechazo de las sociedades europeas y asimilar los judíos a cada país, terminaron por soñar con un Estado propio. De haber existido en Europa la tolerancia vigente en los Estados Unidos y en América Latina, la idea de un Estado hebreo nunca hubiera existido. De hecho todavía hay más judíos en Europa y los Estados Unidos que en Israel.
El ambiente antisemita instalado en Europa no sólo facilitó la tarea de Hitler, que representó las corrientes anti judías más perversas que hayan existido nunca, sino también la labor de la Agencia Judía que bajo la mirada tolerante de Gran Bretaña organizó la emigración hebrea hacía Palestina, con lo cual, dicho sea de paso, salvó a muchos judíos de la muerte en los campos de exterminio.
De haber existido un clima de verdadera solidaridad y compasión hacia los judíos sobrevivientes del holocausto que las sociedades europeas debieron haberlos recibidos como lo que en realidad eran: alemanes, húngaros, polacos, belgas, sin pedirles que se marcharan a la lejana y atrasada Palestina a comenzar desde cero, todo hubiera sido diferente.
Es probable que de haberse procedido con más tino, negociado con verdadero espíritu de buena fe y equidad y haberse diseñado mejor la idea, los palestinos y los israelíes pudieron haber convivido en un mismo estado independiente y laico, tal y como lo hicieron durante siglos, lo hacen ahora decenas de pueblos en todo el mundo y probablemente lo hagan ellos en el futuro.
No obstante, la historia fue como fue y no como nos hubiera gustado que fuera. La muerte de Roosevelt, los intereses electorales de Truman y los errores de cálculo de Stalin, fueron determinantes en la partición de Palestina y en el nacimiento de Israel, un proceso con enormes fallas de origen. Luego les cuento ese capítulo.
PAZ EN MEDIO ORIENTE: VOLVER A COMENZAR (III)
Aislados por océanos, desiertos, selvas, montañas y otros obstáculos, durante la mayor parte de su existencia, los pueblos y las civilizaciones avanzaron sin conocerse ni relacionarse. Asombrosamente, unos antes y otros después, todos llegaron a las mismas conclusiones y consiguieron idénticas realizaciones.
Por sus caminos, todos los humanos dominaron el fuego e inventaron la rueda; desarrollaron el habla, crearon su escritura y artes originales, concibieron el dinero e idearon formas particulares de vivir la fe y de honrar a Dios. También realizaron conquistas y ajustes territoriales. En esos procesos aparecieron las clases sociales y el Estado, se inventaron los gobiernos, el poder y la democracia, las nacionalidades, las naciones y los Estados, formándose la categoría política más importante de nuestra época: el Estado/Nación.
Si bien en diferentes períodos los procesos civilizatorios fueron abortados por conquistas territoriales mediante las cuales se formaron los imperios, ninguno sobrevivió para contar su historia y aunque todavía en el siglo XX hubo anexiones y repartos territoriales, tales anomalías fueron corregidas. Casi sin excepción las naciones/estado modernas surgieron de nacionalidades asentadas de larga data en territorios en los cuales forjaron una identidad, una comunidad económica, una psicología y una cultura común.
Lo que no había ocurrido nunca y en cualquier caso fue sumamente extemporáneo fue lo sucedido en Palestina, cuando arbitrariamente en 1917 Inglaterra se comprometió a ceder aquel territorio habitado, con identidad nacional definida, para establecer allí un Estado Judío, decisión endosada por la Sociedad de Naciones y en 1948 ratificada por Naciones Unidas.
Para el caso es como si la ONU hubiera decido establecer el Estado hebreo en Escocia, Flandes o Yucatán. De hecho, en la época se estudiaron las variantes de fundarlo en la pampa argentina o en África. Si bien Palestina está ligada al pasado remoto del pueblo judío, la decisión de hacerlo allí se tomó por razones prácticas. La dominación británica, la ausencia de un liderazgo autóctono y la debilidad de los estados árabes, crearon un escenario propicio para consumar la arbitrariedad.
Admitiendo que los pueblos judíos fueron víctimas de un colosal despojo, en una época de grandes ajustes territoriales; la decisión de resolver el problema de la diáspora, ocurrida en tiempos bíblicos, con el desalojo de otro pueblo mil años después, expulsándolo de su territorio, figura entre las más grandes anomalías de la modernidad. Nunca antes ni después las potencias que deciden el futuro del mundo habían cometido la arbitrariedad de establecer una Nación donde ya existía otra y de intentar fundar dos estados donde cabía sólo uno.
Es falso que antes como ahora los judíos de la diáspora anhelaran vivir en Israel. Todavía hoy hay en el mundo unos 14 millones de judíos de los cuales, apenas alrededor de cuatro millones viven en Israel. Sólo en Nueva York hay más hebreos que todo Israel y hay más judíos en Argentina que el Tel Aviv.
No obstante, aceptando como válida la filosofía de la organización sionista mundial de que la única opción para cesar la persecución y la humillación de los judíos, principalmente en Europa, era la formación de un Estado propio, es imposible aprobar el modo precipitado y arbitrario como fue consumada la decisión que ignoró una gama de opciones preferibles a la partición de Palestina.
Pudo haberse negociado la constitución en Palestina de un Estado multinacional como muchos que existen en el mundo, podían Gran Bretaña y la ONU haber concedido la independencia a toda Palestina después de haber negociado la formación de un Estado federal y, en el peor de los casos, Israel pudo no haber expulsado a los palestinos, limitarse a las fronteras concedidas por la ONU, abstenerse de ocupar Jerusalén, a quien la misma resolución dotó de un status internacional bajo supervisión de la ONU y no ocupar territorios árabes.
De hecho, la paz entre Israel y Palestina, más que por conversaciones y apretones de manos, pasa por un proceso de rectificación que Estados Unidos y el Consejo de Seguridad pueden promover para cumplir lo acordado: crear un Estado palestino y reconocer la existencia de Israel.
Recientemente un alto representante israelí fue mucho más lejos y sugirió un camino que le pareció todavía más sencillo y que está basado en conceder la ciudanía israelí a todos los habitantes de Gaza y Cisjordania y abrir un proceso político y de integración social que ponga fin al estado de guerra.
De lo que se trata es de encontrar una agenda de paz que no esté basada en la idea de que los palestinos han de deponer todos sus derechos y complacer las absurdas apetencias de los círculos más reaccionarios de Israel.
Aunque algunos son tan injustos y sanguinarios como la colonización romana, la conquista de América, la dominación otomana, la trata de esclavos y la edificación del sistema colonial, los grandes procesos históricos son irreversibles. La idea del presidente norteamericano James Monroe de retornar a los negros norteamericanos a África para lo cual fundó Liberia, fue abortada, cuando se reveló que el remedio era peor que el mal; así ocurre en Israel, donde se ha llegado a un punto en el que no es posible alcanzar la paz ni la seguridad. La guerra y el estado de permanente inseguridad no puede ser la agenda de ningún pueblo en el mundo de hoy.